Silencio del desierto.


Yo hablo muchas veces en mi clase de buscar el silencio, pero en realidad sé que es algo que está a una distancia inalcanzable. Sé que la posibilidad de encontrarlo de verdad es reducida. Para ser más honesto no siquiera sé muy bien que es el silencio.


Sara Maitland escribió un libro magnífico (Viaje al silencio, editorial ALBA) sobre su exploración al mundo del silencio. Ese viaje la ha llevado al desierto en el intento de intender que fue lo que los llamados “Padres del desierto” del cristanismo embrionario de los siglos III, IV y V ahí descubrieron. Esta conclusión es probablemente lo mejor que he leído sobre lo que, tal vez, pueda ser el silencio.


La última noche en el Sinai la pasé en vigilia, sentada, observando y escuchando el silencio. Vi la luna surcar el cielo y arrojar  profundas sombras sobre la tierra, tan claras que distinguía los mechones de pelo que se habían soltado de mi trenza; sombras que transformaban las formas de todas las cosas. Parecía  arrastrar en su estela un cielo índigo salpicado de estrellas muy brillantes. Más tarde, la luna se volvió amarilla como un huevo y se ocultó tras el horizonte. Según su resplandor se atenuaba, pude admirar por espacio de media hora la danza de las estrellas, con la gran Venus al este, y más tarde el avance de la luz gris hacia el amanecer, como preludio al fabuloso espectáculo de color conforme el sol naciente se deplazaba dibujando una nítida línea de fuego sobre la faz de las rocas, bañandolo todo primero de rosa, luego de rojo y finalmente oro. 

Pasé la noche eschuchando: escuchando la nada. 

El silencio era muy puro. Los ruidos del campamento lo quebraran con absoluta claridad, separados los unos de los otros. No había ruido ambiente, ni ruido de fondo. Sólo ruidos que salpicaban el silencio, como piedras arrojadas en un estanque inmóvil. O quizá no como piedras, pues no se propagaban formando ondas. Era más bien un sonido único: el ruminar de los camellos, el rumor de un saco de dormir o el chisporroteo de mi cigarillo cuando inhalaba. Rotundos como una piedra... y el silencio regresaba al instante, intacto, pues, aunque cada ruido sonaba con claridad, no dejaba  ningún “resíduo”. Los sonidos parecián posarse dulcemente en el silencio... y éste los engullia, los devoraba. 

Todo era absoluta quietud y absoluto silencio.  La noche en el desierto no era demasiado oscura y el cielo exhibía su profundidad: las estrellas titilaban de verdad, y percíbia su distancia; unas estaban más cerca, o parecían estarlo, y eran más grandes y más brillantes. El cielo no era una bóveda negra, sino un retroceso infinito.  El silencio a la luz de las estrellas, el tiempo, la distancia: el infinito. Cuando sacaba la mano del saco de dormir, sentía los granos diminutos que integraban la arena, muy limpia, de una textura fina y suave al tacto de mis dedos.  Era el silencio más profundo que había experimentado. Y era su intensidad lo que me había llevado hasta allí; era el silencio que buscaban los anacoretas en eso mismo desierto, al tiempo que emprendían su valerosa batalla contra “el mundo, la carne y el diablo”, además de contra su propio barullo interior.

Esa noche sentí la inmensa, deliciosa y sobrecogedora presencia de Dios. En aquel desierto, Dios no dice: “Ponte cómodo, aquí tienes una manta, una crisálida,un refugio”. Dios dice: “Si tu ojo te ofende, arráncalo; si tu mano te ofende,córtala”. Insta a doblegar y a quebrar la voluntad, a disciplinar y mortificar la carne, a encarnar ciegamente lo desconocido,lo gigantesco, lo aterrador. Ama tu vida y perderás. Ponla en peligro y, tal vez, avanzarás tambaleándote hasto los cielos: el lugar de la aniquilación y del conocimiento absoluto; el lugar de la belleza y de la dicha.  El riesgo es total; no depara placer, ni salud, ni afecto, ni comodidad, y mucho menos seguridad. Sólo la belleza de Dios.

Esa noche empecé a percibir el “sonido del silencio” de John Cage de una manera inédita.  No era mi sistema nervioso o mi torrente sanguíneo; tampoco los últimos susurros de una conversación que se extingue, ni el desplazamento de las placas tectónicas. Me pareció escuchar la música de las esferas. El mundo clásico y el cristianismo temprano creían  que los cuerpos celestes cantaban al girar sobres sus órbitas; de acuerdo con esta idea, cada uno tendía su propia nota, única y perfecta, que reverberaba en completa armonía con las demás. Según su concepción geocéntrica del universo había ocho esferas: el sol, la luna y los seis planetas visibles (Urano, Neptuno y Plutón no se conocieron hasta la invención del telescopio). Estos sonidos creaban la escala perfecta de ocho notas. Su canto era silencioso y sólo podía percibirse o imaginarse en momentos de gozosa y agudizada conciencia. El sonido del silencio en la noche del desierto era el sonido de la jouissance, de la bendición.

El desierto me enseñó que hay algo espantoso, para la sensibilidad contemporánea occidental, en el rotundo y sistemático intento de romper o diluir las fronteras del propio ser para abrirse a la libertada indefinida e ilimitable de lo divino y participar en ella. Además, esto exige una constancia tenaz. Uno de los monjes zen de Throstlehole me señaló en cierta ocasión: “Es curioso; todo el mundo dice que quiere conocer un santo, pero nadie quiere serlo. Uno se agota con sólo imaginarlo”.  El silencio es la base de este trabajo, tanto en la tradición occidental como en la oriental. 

Que el silencio sea también el objectivo último de la empresa es un asunto ligeramente distinto.

En el desierto descubrí que el silencio es para mí algo más que un entorno propicio para la oración, o una manera de dilatar el tiempo (aunque ambas cosas son importantes). Es, en sí mismo, una forma de libertad: genera libertad, alternativas, claridad interior y fortaleza. La libertad es escapar de uno mismo y la libertad de ser uno mismo.

Empecé a pensar que tal vez el silencio es Dios. Que tal vez Dios es silencio: el refulgente aro en movimiento “de la luz interminable y pura”.  Puede que Dios, cuando habla, sea un “verbo”, una acción, pero Dio en perfecta comunicación consigo mismo, en amor con la Trinidad guarda silencio y por lo tanto es silencio. Dios es silencio, un silencio positivo, vivo, real y fruto  de su “naturaleza” inquebrantable. Puede que el Dios “Verbo”, el Dios que habla, el Dios creador, sea un reflejo más de la infinita generosidad y el abandono del propio ser, del amor kenótico de Dios. Puede que la encarnación del “Verbo” sea tan sólo una expresión secundaria de “nuestra dureza de corazón”. Lejos de que “todo silencio aguarde el momento de romperse”, es posible que todo discurso pida a gritos, “como la muher en el momento de alumbrar”, reabsorberse en el silencio, en la muerte, en el espacio liminar que se abre en presencia del silencio eterno. 

¿Me atrevería a descubrirlo? ¿Me atrevería a adentrarme en lo absoluto?

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