Viaje al silencio

El silencio siempre ha sido un elemento asociado a la introspección, a momentos espirituales y el descubrimiento del yo. Sin embargo, el silencio impuesto, el aislamiento pueden producir momentos de pánico, ansiedad y terror. Nada más aterrador que el silencio de una película de terror.


En el yoga, cuando hablamos de silencio, hablamos de un lugar interno dentro de nosotros donde reside lo que podriamos llamar, simplificando, paz mental.


Mi libro favorito sobre el silencio es “Biografia del silencio” de Pablo d´Ors. Un pequeño ensayo donde el autor, sacerdote jesuita, escritor y practicante de meditación Zen, habla de la experiencia de sentarse todos los días en silencio, sin más, sin ninguna técnica o referencia.


Recientemente, otro libro cayó en mis manos: “Viaje al silencio” de Sara Maitland, inglesa que se formó en los famosos y hippies años sesenta, que dedicó parte de su energía como escritora a causas del feminismo pero que desde siempre estuvo atraída por el silencio. Este libro es su experiencia e investigación sobre ese tema.



En un momento de su vida decide retirarse de la vida social durante seis semanas, para ser más exacto, cuarenta días y cuarenta noches, como Jesús en el desierto. Allí vivió y anotó lo que podríamos llamar, sus andanzas por el silencio. Una de las características de su experimento es lo que ella llama, la ebriedad del abismo. Una especie de ganas de soltar el mosquetón para subir una pared vertical sin la seguridad de las cuerdas. Lo describe muy bien Jacque Costeau, el famoso buceador citado por Sara Maitland cuando habla de eso mismo en su libro “Un mundo silencioso”.


"Los primeros síntomas son una leve sensación de anestesia, trás lo cual el buceador se convierte en un dios. Si se encuentra con un pez que parece necesitado de aire, el buceador perturbado puede arrancarse el tubo o la escafandra para ofrecérselo[...]. Yo soy especialmente sensible a esta sensación. Me encanta y la temo como la muerte. Aniquila el instinto vital. "


Esta pérdida del instinto de superviviencia me lleva de cabeza a un concepto yogi muy famoso que es Abhiniveśa: el miedo. El miedo a perder lo que uno tiene, el miedo a no tener lo que uno desea, el miedo de dejar de ser lo que uno piensa, el miedo, evidentemente, a perder la propia vida. abhiniveśa es el último de los Kleśas, las aflicciones del ser humano descritas en los Yoga Sutras de Patanjali. Tengo miedo a tener que enfrentarme a lo que no me gusta (dveśa), tengo miedo a no tener lo que me gusta (raga), tengo miedo a no encontrar un apoyo para mi propia personalidad (asmita), tengo miedo de no saber quién soy (avidya). Este último Kleśa, avidya, es normalmente traducido como “ignorancia”, ignorancia de no saber quién soy y es el campo de cultivo de los otros Kleśas. Entonces para llenar ese vacio creo una serie de historias o narrativas que me ayudan a llenar esos huecos sobre mi mismo dando sentido a mi propio yo (asmita). Son mis padres, mi idioma, mis relaciones, mis peliculas y mis libros, mis deportes, mi trabajo, mi nombre y mis creencias. Sin ellas no puede haber un yo. Esas historias y narrativas están basadas en mis filias (raga) y mis fobias (dveśa) que justifican asi mis opciones y dan una cierta seguridad a mi persona. Obviamente, cuando existe esa identificación es normal que surja el miedo, miedo a perderlo todo. Es como si de repente te quitasen la alfombra de debajo de los píes.


Este miedo (abhiniveśa) está presente incluso en los más doctos (yoga sutras II. 9). Cuando se aniquila este miedo todos los apegos parece que se desvanecen, aunque sea durante unos minutos. Parece ser eso lo que le pasaba a Jacque Costeau en el fondo del océano y a Sara Maitland en su retiro.


Parece que el silencio del que hablan los místicos también conduce a lugares semejantes. El desapego que se pregona en el mundo espiritual es fruto de ese aniquilamiento del instinto de superviviencia. Parece ser que la frontera entre la vida y la muerte se hace más fina, se desvanece, y todo lo que hemos construido alrededor de nuestro propio yo se desmorona. No es que el místico reniegue del mundo, de su madre y de su padre, es que su mirada se vuelve ecuánime y universal, su historia es la historia de todos. Algunas veces, los llamados arrebatos místicos (Ramana Maharsi, Ramakrishna, Santa Teresa) son confundidos con la loucura. Sin querer compararse con tales personajes, Sara Maitland dice en su libro:


"En varias ocasiones describo en mi diario con verdadero placer la conciencia del riesgo que entrañaba mi aventura, la conciencia de estar exponiendome deliberadamente al peligro. Percíbia el doble riesgo: por un lado el peligro de que la desinhibición me llevase a cometer alguna estupidez; por otro lado el miedo a perder la noción de los propios limites hasta el punte de evaporarme de verdad en la locura."


Tampoco es que la persona que vive esta experiencia tenga tendencias suicidas, no

es que Costeau fuera a dar su óxigeno al pez, pero esa sensación de sentir que lo podrias hacer puede ser liberadora. El montañero que sigue hacia cumbre cuando las posibilidades de superviviencia son nulas es otro ejemplo.


Si miramos cada uno de estos ejemplos, prácticamente todos están asociados al silencio. El silencio del meditador, el silencio del fondo del mar, el silencio de la montaña, el silencio interno (antar mouna). Busca el silencio.



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